Critica

Eduardo Baliari. El Economista – 1989

A veces la tela, o el papel, se inundan de humanidad. De sencillez. De humildad. Que en definitiva es la coincidencia ideal. Y si esa conjunción se hace explicita en el idioma del arte, la obra se transforma en un trozo de vida. Y ya nada podrá detenerla. Mucho de eso está en la obra de Chipo Sanchez, un dibujante que reivindica la existencia de esos seres y ese mundo que, disimulados todavía en la modernización de la ciudad, subsisten en sus aledaños con sus costumbres, su escenografía, y los sucesos que los humaniza hasta el descorazonamiento en que están naufragando sus días. Por eso quizá todos los seres que pasan por sus dibujos están descalzos. Creo recordar que alguna vez dijo que era porque es la forma de aceptar que todos somos iguales ante la creación. Símbolo o capricho, el detalle llega a pasar sin menoscabo del cuadro. Desde el dramatismo de “La Flaca del bar de la esquina” al “Rincón del aromo silvestre”, alterna en sus dibujos ese mundo del barrio, de la casa con su fondo, de la calle, del perro siempre cabizbajo acompañando una vida. El suyo es un dibujo tanto informativo de todas esas características, escenarios y seres, como elemento de contundencia psicológica que solo puede nacer no solamente de la observación, sino también de la comprensión que esta detrás de la mirada. Ya sea empleando el color o simplemente el blanco y negro, no circunscripto exclusivamente a la línea, las formas surgen por imperio de esa necesidad que elude lo decorativo; algo así como cuando se refiere a la figura humana, saber que allí, en su cuadro, es parte ineludible de la atmósfera, del clima, donde no está para lucirse sino para reafirmar algo de una pobreza que no se puede eludir. A si el frio es frío de pobreza; la soledad es abandono de pobreza. No extraña que en esos cuartos o interiores se oiga llover como si las gotas cayeran sobre el último silencio… Espacios lacerados, ineludibles de mencionar, pero que recuerda al poeta Rainer M. Rilke: una obra de arte es buena cuando ha sido creada necesariamente. Salvo que Chipo Sanchez recubre su mundo pobre y sencillo con una ternura que hace pensar en una paloma posándose en la cuna de un niño dormido.

Cesar Magrini. El Cronista Comercial – 1987

Allí expone sus dibujos, ahora coloreados (lo que equivale a decir dulcificados) Chipo Sanchez. Con su reciedumbre de antes, su gran carga de humanidad, de comprensión y de solidaridad, explorando caminos que se le muestran tan propicios como los que anteriormente ha estado recorriendo. La madurez y la plenitud de expresión, íntimamente tomadas de la mano. La mirada del dibujante que sabe calar en hondura, contemplando a la criatura, no con ojos de juez (¿quién es qué para serlo?), sino de amigo, de igual, de hermano.

Dibujos que se acercan prodigiosamente a la pintura, ¿por qué no?, y que tal vez ya lo sean. Y una lección, en cada una de las obras, de coherencia y de fidelidad para con un estilo que empero se renueva, crece, se multiplica y se extiende, como repitiendo aquello que ya se dice en determinada parte de los Evangelios, acerca de que por los frutos conoceremos el árbol. Que frutos, pues, e indicio de que árbol…

Antonio Caraduje. La Voz del Pueblo (Tres Arroyos)

Su materia es el resultado óptico de un conjunto de vibraciones, cuyas partículas se ordenan de acuerdo a un propósito determinado. Pero es el amor su unidad temática, su constante. Quizás sea patrimonio de todos esta hambre y sed de ternura, de piedad. Esas ansias de descubrir una mirada dulce, de sentir una mano franca, de comprenderse a través de las voces simples o de un elocuente silencio. Pero en Chipo Sanchez es su existencia misma la que lo hereda.