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“Un espíritu poético se abre al mundo y a su riqueza de imágenes, agradecido y dispuesto a entregarse, sin embargo, no encuentra satisfacción en él”.

Hermann Hesse.

Bio

Hijo de inmigrantes europeos, madre alemana y padre español, Chipo Sánchez nació en Comodoro Rivadavia un 20 de Mayo de 1944.

Los relatos de posguerra de las familias alemana y  española que rodearon su infancia, (todos habían desembarcado en el fin del mundo huyendo del hambre y la violencia), y la observación permanente del dolor y las injusticias padecidas por la humanidad, le dieron sustento a su imaginación y sobre todo forjaron en él una gran conciencia social.

Toda una niñez poblada de historias fuertes, emocionantes, que nutrieron su obra y su personalidad, y que serían el material de un libro, dibujado y escrito, (largamente soñado) que pensaba comenzar en la época en que su vida se quebró, dejándonos con  su arte y su enorme humanidad.

Autodidacta, consideraba a Molina Campos su maestro, aún sin haberlo conocido personalmente. Dibujante nato, desde pequeño demostró un enorme sentido de observación, y una natural facilidad para plasmar lo que veía y lo que imaginaba.

A los dieciocho años se radicó en Buenos Aires, entrando casi enseguida a trabajar en una agencia de publicidad.  En sus últimos diez años, se dedicó a la ilustración y el diseño de libros, habiendo dejado allí una obra paralela.

Si bien en la primera etapa de su producción artística predominan los seres descarnados, solitarios aún en compañía, y los colores en escalas bajas y casi monocromas, al conocer en profundidad la llanura pampeana, sus colores, olores y sonidos, su obra se fue transformando en más luminosa, más etérea, desarrollando una faceta de paisajista, donde sus acuarelas y tintas cobraron una vibración y una magia que se fue intensificando hasta sus últimos trabajos.

En sus temas, siempre intimistas, casi minimalistas, conviven seres y cosas atemporales, así, en varios trabajos se retrata a sí mismo conversando con Schubert, o a sus hijos con el abuelo alemán que no conocieron, o retrata seres en actitudes cotidianas rodeados de un halo de belleza.

Algo de esto nos alcanza en este texto donde describe con sencillez, su mundo y sus sueños.

“Todos los días —dice Chipo Sánchez—, luego de cumplir con mi empleo, besar a mi mujer, a mis hijos, retribuir con caricias los ladridos alegres de nuestra perra, dialogar con mi familia mientras lleno el estómago y dar una vueltita por el jardín para mirar las plantas, me ubico frente a la mesa de dibujo a continuar o comenzar un trabajo. Debo confesar que lo hago fatigado, en tensión, con esfuerzo, más no con desgano. Quisiera poder realizar diariamente mi obra sintiéndome fresco, despejado, y comenzar de mañana bien temprano, pero comprendo que es el precio que debo pagar por mis sueños, por la esperanza, por la belleza y por la felicidad con que el Arte adorna mi vida y además porque si no lo hago, enfermo”.

“Pienso que el arte embellece nuestras vidas, aun mostrando y denunciando las enormes tragedias de la humanidad”.

“A través de mi obra intento plasmar con la mayor ternura posible, a aquellos seres que se han cruzado en mi camino dejando sus marcas en mi vida, que me obligaron, involuntariamente, a hacer más lento el andar, a detenerme para el diálogo y también a callar, a escucharlos decir que ellos, hombres, niños y mujeres de mi pueblo, con sus alegrías y amarguras, con sus bondades y apetitos, son el pan y el vino que alimentan mi obra. Tal vez por eso los veo descalzos, porque son humildes y sencillos, porque todos estamos descalzos ante Dios”.

Obra

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Critica

Eduardo Baliari. El Economista – 1989

A veces la tela, o el papel, se inundan de humanidad. De sencillez. De humildad. Que en definitiva es la coincidencia ideal. Y si esa conjunción se hace explicita en el idioma del arte, la obra se transforma en un trozo de vida. Y ya nada podrá detenerla. Mucho de eso está en la obra de Chipo Sanchez, un dibujante que reivindica la existencia de esos seres y ese mundo que, disimulados todavía en la modernización de la ciudad, subsisten en sus aledaños con sus costumbres, su escenografía, y los sucesos que los humaniza hasta el descorazonamiento en que están naufragando sus días. Por eso quizá todos los seres que pasan por sus dibujos están descalzos. Creo recordar que alguna vez dijo que era porque es la forma de aceptar que todos somos iguales ante la creación. Símbolo o capricho, el detalle llega a pasar sin menoscabo del cuadro. Desde el dramatismo de “La Flaca del bar de la esquina” al “Rincón del aromo silvestre”, alterna en sus dibujos ese mundo del barrio, de la casa con su fondo, de la calle, del perro siempre cabizbajo acompañando una vida. El suyo es un dibujo tanto informativo de todas esas características, escenarios y seres, como elemento de contundencia psicológica que solo puede nacer no solamente de la observación, sino también de la comprensión que esta detrás de la mirada. Ya sea empleando el color o simplemente el blanco y negro, no circunscripto exclusivamente a la línea, las formas surgen por imperio de esa necesidad que elude lo decorativo; algo así como cuando se refiere a la figura humana, saber que allí, en su cuadro, es parte ineludible de la atmósfera, del clima, donde no está para lucirse sino para reafirmar algo de una pobreza que no se puede eludir. A si el frio es frío de pobreza; la soledad es abandono de pobreza. No extraña que en esos cuartos o interiores se oiga llover como si las gotas cayeran sobre el último silencio… Espacios lacerados, ineludibles de mencionar, pero que recuerda al poeta Rainer M. Rilke: una obra de arte es buena cuando ha sido creada necesariamente. Salvo que Chipo Sanchez recubre su mundo pobre y sencillo con una ternura que hace pensar en una paloma posándose en la cuna de un niño dormido.

Cesar Magrini. El Cronista Comercial – 1987

Allí expone sus dibujos, ahora coloreados (lo que equivale a decir dulcificados) Chipo Sanchez. Con su reciedumbre de antes, su gran carga de humanidad, de comprensión y de solidaridad, explorando caminos que se le muestran tan propicios como los que anteriormente ha estado recorriendo. La madurez y la plenitud de expresión, íntimamente tomadas de la mano. La mirada del dibujante que sabe calar en hondura, contemplando a la criatura, no con ojos de juez (¿quién es qué para serlo?), sino de amigo, de igual, de hermano.

Dibujos que se acercan prodigiosamente a la pintura, ¿por qué no?, y que tal vez ya lo sean. Y una lección, en cada una de las obras, de coherencia y de fidelidad para con un estilo que empero se renueva, crece, se multiplica y se extiende, como repitiendo aquello que ya se dice en determinada parte de los Evangelios, acerca de que por los frutos conoceremos el árbol. Que frutos, pues, e indicio de que árbol…

Antonio Caraduje. La Voz del Pueblo (Tres Arroyos)

Su materia es el resultado óptico de un conjunto de vibraciones, cuyas partículas se ordenan de acuerdo a un propósito determinado. Pero es el amor su unidad temática, su constante. Quizás sea patrimonio de todos esta hambre y sed de ternura, de piedad. Esas ansias de descubrir una mirada dulce, de sentir una mano franca, de comprenderse a través de las voces simples o de un elocuente silencio. Pero en Chipo Sanchez es su existencia misma la que lo hereda.

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